miércoles, 9 de octubre de 2013

De mudanza

Como bien podéis ver, este pobre blog cayó hace tiempo en el abandono. Las razones fueron múltiples y no viene a cuento enumerarlas ahora, pero para cualquier lector que quiera seguir a este (por ahora) joven periodista, me mudo a http://seismillonesyuno.wordpress.com/ para continuar ejerciendo la misma labor (o parecida).

Un saludo y gracias por vuestro tiempo.

jueves, 23 de mayo de 2013

Nadie da duros a pesetas

Le salió caro el cubierto a Francisco Correa. Pagar la friolera de más de 32.000 euros para una boda parece exceder la aportación normal a una boda, por muy de alto copete que esta sea. Con semejante dispendio, normal que fuera uno de los testigos de la boda.
Mientras que muchos españoles nos llevamos las manos a la cabeza ante una invitación para asistir al enlace matrimonial de amigos o familiares por el desembolso que esto supone, el señor Correa no dudó en aportar la escandalosa cantidad citada. Y lo que es peor, según declara ahora el señor Agag, sólo contribuyó pagando el alumbrado de la fiesta.
Desconozco el despilfarro que pudiera realizar la familia Aznar para el enlace de su pequeña, pero si sólo el alumbrado costó esa cantidad, el resultado debió ser un espectáculo de luces digno de un concierto de diva en el descanso de la Superbowl en tiempos de bonanza económica. Entiendan así las familias Aznar y Agag mis dudas sobre esta cantidad y su relación supuestamente estricta con el pago de parte de la boda.
La realidad es que nadie da duros a pesetas y resulta difícil creer que un empresario realizaría tal desembolso de manera estrictamente amistosa y altruista. Si bien el señor Agag, amigo de Francisco Correa como declara, no ejerce ningún cargo público, sí lo hace su suegro y la familia de este, teniendo mucha influencia en la política nacional. Por ello, una vez más, permítanme ustedes la duda respecto a este pago que se presenta un tanto excesivo para su concepto y que si bien no es de manera directa a un cargo político, sí lo es a su familia directa y política.

martes, 26 de febrero de 2013

Ni pan, ni circo

En la Antigua Roma, el poeta Juvenal acuñó una expresión cuyo uso se ha extendido hasta nuestros días: "pan y circo". Según esta fórmula, los gobiernos podían mantener dóciles a sus vasallos proveyéndoles de los bienes más básicos para su supervivencia -el pan- y manteniéndolos entretenidos -con espectáculos de circo, entre otros-. El uso de esta estrategia política, al igual que el de esta expresión, se ha repetido a lo largo de los siglos, aunque su forma pueda haber cambiado, añadiendo algún aderezo al pan o cambiando el circo por otros entretenimientos como son ahora los deportes.
En nuestros tiempos, con el Estado del Bienestar instaurado en nuestro país y el gigantesco negocio del fútbol siempre presente en nuestra realidad, y secundado por el entretenimiento que nos ofrecen las industrias cinematográficas de Hollywood, el pan y circo parecía estar más a la orden del día que nunca, o al menos poder estarlo potencialmente. La despreocupación por la política ha crecido con generaciones nacidas en una democracia que saciaba sus necesidades básicas. Y una vez cubiertas estas necesidades, el aburrimiento se presentaba como el gran mal de este siglo. Suerte que empezamos a adorar a unos hombres en camisetas y calzonas, todas iguales entre los del mismo bando y radicalmente diferentes de las del oponente. Ellos sí que saben mantenernos entretenidos.
Pero en los últimos años, este binomio ha ido peligrando cada vez más. Se agota el pan y, por tanto, el circo peligra. Los recortes del Gobierno, fiel servidor de Doña Angela Merkel, asfixian cada vez a más familias de este país con una tasa de paro siempre creciente -y no más "gracias" a la fuga de cerebros- y una desasistencia social sin parangón. Cada mes aumenta el porcentaje de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza, o al menos que potencialmente lo hace, y muchos de los problemas sociales ya forman parte de la agenda de los medios -que suelen ejercer de portavoces del Gobierno, con un periodismo altamente declarativo- y del ideario colectivo de la sociedad. Según la fórmula romana, en tiempos como estos, debería facilitarse el acceso a los suministros, lo que significaría potenciar las ayudas públicas, por ejemplo en formas de subsidios -que al mismo tiempo reactivarían el consumo-, y al mismo tiempo se potenciarían las celebraciones masivas de espectáculos políticamente inocuos -dejando la cultura y el teatro de lado, por supuesto, ya que la cuestión es entretener y no formar-, por lo que se debería potenciar el fútbol de cara a la asistencia de los ciudadanos a los partidos.
Sin embargo, aunque la apuesta del Gobierno por el fútbol nunca ha sido desdeñable desde un punto de vista propagandístico, su apuesta por las medidas relativas al "pan" han sido cuanto menos escasas. Y muchas de las familias, a falta de pan, dejan de ir al circo, ya que si no se puede comer no sirve de mucho ver a unos gladiadores. De esta manera, los equipos pierden abonados cada campaña que pasa en esta crisis por miles de personas que desean acudir, pero que apenas les llega el sueldo para comer.
Ante esta realidad nos encontramos. Un Gobierno que da la espalda a la máxima romana: ni pan, ni circo. Aunque sigue habiendo pan, y ellos acuden a los palcos del circo, cada vez es más difícil acceder a estos bienes para la población -a estos y a cualesquiera dada la alta pérdida de poder adquisitivo generalizada- y las diferencias entre ricos y pobres, como decía Stéphane Hessel en su libro ¡Indignaos!, es cada vez mayor. Julio César controló un imperio que aunaba gran parte de Europa y el norte de África, pero sabía que si sus ciudadanos no tenían para comer, no controlaría ni la ciudad de Roma siquiera. Ha llovido mucho desde entonces y mucho ha cambiado. Pero seguimos necesitando comer. Y si la gente no tiene sus necesidades básicas cubiertas, muy probablemente saldrá a la calle cada vez en mayor número, por mucho fútbol que haya en la televisión.

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuestión de soberanía

La independencia de Cataluña ha ocupado durante los últimos meses un lugar preferencial en los medios, además de en las conversaciones (muchas de ellas con los distinguidos contertulios que encontramos en las barras de los bares a lo largo del país). Los argumentos se suceden, si bien fuera de la región suelen prevalecer aquellos en contra de la secesión, y se alcanza la armonía cuando todos los tertulianos critican al diferente. Sin embargo, muchos de ellos son erróneos o tienen un fundamento escaso.
Pero no es esto lo que me ha alterado lo suficiente para volver a escribir en este blog tras meses (inactividad por la cual me excuso, junto con la extensión de esta entrada), sino el hecho de que los furibundos argumentos contra la decisión del pueblo catalán hayan llegado a las tablas del Teatro Falla en el concurso de agrupaciones del Carnaval de 2013. Un total de tres agrupaciones han tratado el tema en sus letras, y dos de ellas han hecho gala de un orgullo patrio cuanto menos exacerbado, lo que ha tenido más aplausos de los que considero oportunos, y por supuesto está generando ciertas reacciones en los medios catalanes.
La comparsa El rey burlón, que estará en la final, presentó un pasodoble titulado "Demando la independencie", cantando primero en un supuesto catalán (que ya podían haberse molestado en traducir al catalán de verdad, que se entiende de igual manera), haciendo una recopilación de los chascarrillos más clásicos sobre el deseo de independencia catalán (que la pela es la pela, y tal) y tirando de un nacionalismo que si Franco siguiera vivo le habría hecho saltar de su sillón para aplaudir con gran ímpetu. Curioso además que utilice como rasgo definitorio andaluz el arrimar el hombro y trabajar, cuando la fama gaditana es más bien la contraria (otro más de tantos estereotipos, al que rápidamente se puede responder con la forma en que han cerrado sus actuaciones Los recortaos, otra de las grandes ausentes en la final).
Por otro lado, La voz de la conciencia, comparsa de Úbeda, con su pasodoble "Si se quieren ir" conminan a la comunidad del norte mediterráneo a abandonar el país llamándoles "manzanas podridas" y acusándoles de altanería y de despreciar a Andalucía. Si bien muchos dirigentes catalanes han despreciado al pueblo andaluz en muchas ocasiones, tachándonos de incultos e ignorantes, no recuerdo sucesos de este tipo en el último año, y menos aún del pueblo catalán en su conjunto. Y ese "sentirse extranjero" en las tierras "tan bonitas" de Cataluña que también cantan y que tan manoseado está ya en las tertulias de los bares con el clásico "allí vas y por cojones te hablan en catalán". Yo por mi parte me pregunto dónde habránn ido tanto los integrantes de esta comparsa como la mayoría de la gente que esgrime este argumento, pero la verdad es que en mis breves y escasas estancias en Barcelona no me he encontrado con este problema, sino más bien con lo contrario, viendo como hacen un esfuerzo por dirigirse a mí en castellano, o incluso a otros catalanoparlantes en una conversación de la que yo forme parte, para que pueda entender lo que dicen. Así afirmo que, al menos desde mi experiencia, ese "sentir" me suena más a chascarrillo ocasionado por un par de malas experiencias (patosos hay en todos los lugares) que a una realidad.
Sin embargo, estos argumentos se reproducen cada vez más a menudo, aumentando el clima de crispación hacia el pueblo catalán, una comunidad en una situación no muy dispar de la andaluza, que si bien anda por debajo de nosotros en niveles de desempleo, no anda muy lejos, y en la cual los índices de pobreza alcanzan ya casi al 25 por ciento de la población. Y si algo se ve en ellos es una gran falta de empatía, ya que nadie parece hacer un intento por comprender sus razones, y una falta de fundamento en esas críticas que algunos abrazan para considerarles ofensores de la patria a nivel incluso personal.
Gran parte del problema parece provenir de un desconocimiento de ciertas normas básicas del derecho por gran parte de la sociedad. Por un lado, está el hecho de que "los catalanes reniegan de la lengua oficial". Gran falacia, ya que la Constitución española en su artículo número 3 establece que la lengua oficial en España es el castellano, aunque "las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos". Por tanto, en Cataluña el catalán es igual de oficial que el castellano, por mucho que a algunos pueda disgustarles este hecho. Por otro lado, y más importante aún, está el concepto de soberanía.
La soberanía es un concepto que emerge del pueblo, el mismo que elige su forma de gobierno y gobernantes. La Constitución española está escrita por un constituyente que representa esa soberanía, esa sociedad. Y por tanto el pueblo español es el único responsable de ese documento y de la validez del mismo.
Al mismo tiempo, el pueblo catalán tiene su derecho a considerar válido o no su sistema de gobierno e identidad y a hacer lo que considere propicio para alcanzar una forma de gobierno que consideren adecuada. De esta manera, la decisión de si se sienten españoles o no no recae en madrileños, andaluces o leoneses, por decir algo, sino en ellos mismos. Y lo que el resto vengamos a decir, tiene poco que ver.
Pero a pesar de no contar para nada, y más si cabe por esta razón, resulta triste ver como tantos andaluces, y algunos con un alcance en nuestra sociedad como el que están teniendo estas agrupaciones en el Falla, hacen esa apología del odio, respondiendo al sentir de una población con descalificaciones e insidias.
Si bien no estoy a favor de la independencia de Cataluña (aunque admito que mi voz pinta lo mismo en su decisión de independizarse o no que en la de Escocia o cualquier otro lugar al que no pertenezco), las razones de tipo cultural que manifiesto son estrictamente egoístas, ya que percibo, como tantos otros españoles, la existencia de diferentes culturas como puedan ser la catalana, la andaluza o la vasca dentro de un mismo país como un elemento enriquecedor y no distanciador. Resulta interesante que en nuestro país se hable más de una lengua, o que haya fiestas y tradiciones tan dispares como las que pueden encontrarse en cada región. ¿Quién querría conocer otras regiones de un país que ofrece exactamente lo mismo en todas?
Sin embargo, este hecho se emborrona por la concepción nacionalista que niega el raciocinio ante cualquier persona que pueda disentir en ese sentimiento de pertenencia al estado español.
Si bien, por razones políticas y económicas puede ser reprochable la conveniencia de su secesión, el derecho a decidir de un pueblo debe ser respetado por el resto, que en este debate no somos sino voces desautorizadas movidas por nuestro desconocimiento. La venganza y el odio no tienen sentido ante la autodeterminación de otro pueblo si este desea emprender su propio rumbo constituyente. Y lo único que se puede reprochar a la población catalana no es su "deslealtad a la patria", esa misma patria con la cual tantos andaluces de igual manera no se sienten representados o que no significa nada para otros tantos, sino porque la corrupción de sus instituciones es tan grave y extensa o más que la de las otras comunidades y que los políticos que se ofrecen para guiarles en su viaje hacia un nuevo estado no son tan pulcros como se muestran.
Esta tesis era la que defendía la chirigota Contigo aprendí en su pasodoble dedicado al pueblo catalán, que muestra como iguales a andaluces y catalanes y como absurda la comparación y competencia, y en la que el único apunte que hace respecto a su separación en caso de que el pueblo catalán así lo quiera, es que tengan cuidado con sus políticos, que son tan malos como los nuestros. Y sobre todo una idea: la soberanía del gobierno catalán reside en el propio pueblo catalán, y es él por tanto el que tiene que guiar su rumbo, coincidan sus intereses o no con los del resto del país.

jueves, 18 de octubre de 2012

Generación dormida


Miles de jóvenes dejan el país (sólo en Andalucía, han sido 2.300 los que han emigrado en los últimos diez meses), sistemas sociales como la educación y la sanidad que se dejan caer, corrupción y desvergüenza a la hora de expoliar los recursos de este país y aumentar las diferencias sociales. Cada vez hay más pobres y los ricos son más ricos(y según he escuchado, también son más, aunque no dejarán de ser un porcentaje menor de la población), como dice Hessel en su libro Indignaos . Y mientras tanto, ¿qué hacemos?
Cuando el año pasado estaba fuera del país y leía todas las reformas sociales que se llevaban a cabo y todos los derechos que peligraban, quería volver. Volver para luchar por mi país y por mis derechos. Volver para pelear nuestra pequeña guerra de independencia contra los invasores poderes financieros y sus cómplices dentro del país (sin necesidad de revolución alguna ni de derrocar sistemas, pero reclamando derechos y un Estado del Bienestar al menos). Pero ahora que llevo un tiempo de nuevo aquí, me topo con la realidad: no hay gente para esa lucha.
Ante la visión romántica de millones de personas indignadas por la pérdida de sus derechos y libertades se impone la realidad de masas pasivas y una minoría activa. Ante el proceso mediante el cual unos pocos esquilman los recursos de este país, los muchos preferimos agachar la cabeza y poner el lomo para encajar los golpes que nos da la vida, antes de al menos levantar la mano y pedir que nos dejen de pegar. Porque no se cobra si no se trabaja (o no se aprueba sin ir a clase, en el caso de los estudiantes como yo), y entonces las huelgas pesan más. Porque efectivamente es más cómodo quedarse en el sillón, tranquilamente, descansando en lugar de levantarse a la hora que haga falta y tirarse horas protestando.
No quiero con esto decir que yo sea todo virtudes y que acompañe todas y cada una de las movilizaciones (ni que esté de acuerdo con todas las que se realizan, aunque sí con la mayoría), pero sí que trato de defender mis derechos y los de los que me rodean. Porque es de mi interés que existan, e incluso aquellos que no me atañen son importantes, ya que sino algún día podría acordarme infelizmente del poema Cuando los nazis vinieron a por los comunistas de Martin Niemöller, aquel que termina con un “Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Porque he escuchado ya a compañeros universitarios decir que no van a protestar porque no les sirve de nada y que ya saben que el mundo es egoísta y ellos irán a lo suyo y que ya el resto peleen por lo de cada uno. Pero de lo que no se dan cuenta, es de que hay ciertas cosas por las que si no se lucha todos a una, se puede poder perder la propia capacidad de pelear cada uno por lo suyo, y más pronto de lo que se cree, mucha gente (incluso los propios que dicen luchar por lo suyo) puede ser incapaz de pelear lo suyo, sea esto recibir una educación digna, una asistencia sanitaria, o un trabajo.
De hecho, la semana pasada, al día siguiente de que a regañadientes se aprobó el paro académico para noviembre en la Facultad de Comunicación de Sevilla, aunque para nada sirvió ya que tan sólo 3 ó 4 facultades de las 25 de la Universidad votaron a favor, hablaba yo con un compañero contrario a la idea del paro. Este expuso la misma idea que algunos habían expuesto en la asamblea de facultad: históricamente las manifestaciones no han servido para nada. Ante tal suposición y tras argumentar que, por supuesto, las protestas no son un instrumento de cambio político directo (que ninguno se me ocurre aparte de el de coger armas y asaltar el parlamento de la nación), le pregunté por qué se obtuvieron los derechos sociales que se otorgaron en los años 70 y 80, no sólo en España, sino en gran parte de Europa. Su respuesta fue “por los políticos”. Y entonces yo me pregunto, ¿en qué momento se levanta un político un día y decide aprobar leyes como la del divorcio o el aborto? ¿Desde cuándo son los adalides de la libertad, que luchan por nuestro bien? Si aquellos políticos nos dieron una serie de derechos que ahora estos nos quitan, ¿no deberíamos echar a todos y buscar aquellos con el talante de antaño?
Por supuesto, mi posición respecto a este tema es que las manifestaciones sí sirven. No cambian algo per se, sino que introducen en el ideario popular cierto tipo de reivindicaciones, que luego pueden pasar al entorno político, sobre todo con elecciones de por medio. Los cambios de los 70 y 80 no fueron por los políticos (o al menos no sólo por ellos), fueron por las reivindicaciones de la gente. Amplios sectores de la población hacían unas demandas, y determinados partidos políticos las hicieron suyas. Porque el político, aunque antaño era un hombre instruido y de trayectoria que se metía en política por razones ideológicas, hoy más que nunca es un trabajador de un partido para el cual conseguir un escaño es su forma de vida. Y por tanto las elecciones y las manifestaciones tienen un efecto sobre ellos.
Retomando esa conversación que mantenía la semana pasada, esta vez en el tema de las becas y el recorte en el importe y la subida de las exigencias, mi interlocutor incluso hablaba de que estaría justificado que algunos quedaran injustamente fuera para evitar que muchos se aprovecharan de las becas para su propio uso y disfrute. Incluso mantenía sin atender a razones que las becas deberían pagar la matrícula de todo el mundo y después, si sobra dinero, pagar el alojamiento de los que lo necesiten, lo que dejaría fuera de la universidad a cientos de jóvenes provenientes de familias con pocos recursos que no vivan en la ciudad en la que se encuentre su universidad. Pero lo preocupante no es que una persona diga estas palabras, que justifican el “que paguen justos por pecadores” a nivel administrativo y jurídico, sino que cada vez escucho más opiniones similares a esta. Entre una gran parte de los universitarios, ante la situación que vivimos actualmente de recortes y mediocridad financiera, parece estar creciendo una conciencia de que “hay que ganarse las cosas” en lugar del desencanto ante todos los recursos de los que se nos priva ahora mientras que otros colectivos no sufren estos malos tiempos. En lugar de reclamar que la salida de la crisis no sea en detrimento de los universitarios, que son el futuro de este país, los propios estudiantes justifican las medidas tachando de irresponsables a muchos de estos.
Ante todos estos hechos, reflexioné sobre algo que he escuchado varias veces: que nuestra generación, la de los ahora universitarios, es la más formada de todos los tiempos. Pero también pensé en algo que también he escuchado en otros momentos: somos una generación inculta. ¿Cómo es compatible? Somos la generación más formada, efectivamente, pero en la parcela técnica y tecnológica. Pero entre tanta herramienta y tecnología hemos dejado dos componentes principales en la formación: el libro y el razonamiento. A día de hoy salimos miles de jóvenes al mercado preparados para cualquier labor necesaria en esta sociedad, dóciles, porque lo único que no hacemos es lo que menos le interesa a los que dirigen esta sociedad: pensar. El pensar en un sentido práctico ha sido sustituido por un sentido práctico-técnico, con lo que ya no hacemos el esfuerzo de saber pensar en nuestra realidad, lo que nos rodea y lo que nos incumbe. Pensamos en cómo cambiar la sociedad, pero a nivel tecnológico, no de estructuras sociales. En la estructura social sólo queremos ascender y ser nosotros los que tengamos a los demás por debajo.
Admito ser un tanto utópico en ocasiones, y que siempre tengo algo que criticar, pero como bien aprendí de un profesor del cual difiero mucho en lo ideológico (pero lo cual no es razón para no escuchar), las utopías son una meta inalcanzable que nos sirve para tener un punto hacia el que encaminarnos, un camino en el cual recorrer lo máximo posible y por tanto vivir en una sociedad que aunque no sea perfecta, es la mejor posible.
No quiero que esto parezca un panfleto, ni que la gente crea que quiero impulsar una revolución. Lo que quiero es puntualizar el desánimo que vivo a mi alrededor, y sobre todo la desidia a la hora de combatirlo. Al igual que la incultura que nos hace caer en argumentos vanos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cortina de humo

Si recorremos el periódico de hoy y vemos múltiples informaciones sobre la Diada, el 11-S catalán y el posible proceso de segregación de Cataluña de la administración española. Cientos de miles de personas salieron a las calles ayer para reivindicar la soberanía de Cataluña como estado, apoyados por los políticos de los diferentes partidos políticos catalanistas. Sin embargo, la participación de estos últimos parece bastante conveniente para sus intereses, junto con este debate.
En una coyuntura económica desesperada, en que vivimos cada día recortes más duros en todo el país y vemos como políticas cada vez más crudas se llevan a cabo, llevándose por delante derechos laborales e incluso constitucionales por los que tanto ha habido que luchar, de pronto se reaviva en una de las autonomías el debate que parecía haber soterrado la crisis: la independencia. En la agenda del señor Artur Mas, al igual que todos sus compañeros políticos, ha desaparecido todo aquello referente a algo que no sea el movimiento independentista que debe llevar a Cataluña a ser el nuevo estado de la Unión Europea, desapareciendo así toda referencia a las políticas sociales y económicas que están llevando a cabo, como el copago y los recortes en la sanidad catalana que están llevando a muchos enfermos -especialmente a los inmigrantes ilegales- a situaciones precarias que pueden acabar incluso con la muerte de varios de ellos.
Al mismo tiempo, el gobierno central parece ignorar por el momento el debate independentista. Un asunto de suma importancia en la agenda política, por supuesto, y que por tanto no puede ser dejado de lado. Pero, ¿es tan importante como para ocupar un lugar primordial en la agenda política, al nivel de rescates financieros y recortes en políticas sociales? Tal vez sea porque a algunos se nos queda lejos el citado conflicto de intereses, pero parece más inmediata la necesidad de aclarar la persistencia de nuestros derechos y buscar la mejor salida posible de la crisis, para después poder discutir temas de esta índole. Catalanes o andaluces, gallegos o extremeños, vascos o madrileños, todos tenemos algo en común, seamos de dónde seamos necesitamos alimentarnos y estar sanos. Y hay gente a la que se le complican estas dos actividades tan simples mientras discutimos si ser parte o todo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Generación ni-ni

Resulta usual escuchar como se designa a la generación joven actual con un término un tanto burlón: generación ni-ni. Esa generación que ni estudia, ni trabaja, o de la que al menos una gran parte de sus miembros no hace ninguna de las dos cosas. Sin embargo, el hecho de que muchos de estos jóvenes ni estudien ni trabajen no se debe a que estos sean unos vagos, sino a la situación actual del mercado laboral y de la economía en general.
Hasta ahora, en todas las generaciones ha habido una inmensa mayoría de jóvenes estudiantes o trabajadores por la simple ecuación que los padres generalmente han aplicado: “o estudias, o trabajas”. Esto, por supuesto, en caso de que hubiera recursos suficientes para que el joven pudiera elegir y no tuviera que dar irremediablemente con sus huesos en el mundo laboral.
Sin embargo, hoy en día nos encontramos con una situación diferente. Muchos más jóvenes tienen la posibilidad de estudiar, aunque no es así para todos. Un importante porcentaje lleva a cabo algún tipo de estudios. Unos brillantemente y otros cuya economía familiar puede permitirse la pérdida de una beca, con más pena que gloria, pero todos estudian. Otro gran porcentaje trabaja, ya que ha considerado esta salida como mejor que el estudio, ya que “se le daba mal estudiar”. Y otro sector de la población querría estudiar, pero la incapacidad de pagar unos estudios de su economía familiar y la imposibilidad de conseguir una beca, o la imperiosa necesidad de ingresos de su familia, les aleja de este mundo. En otras épocas, esto no era un problema. Pero hoy en día, con un mercado laboral saturado por profesionales de diferentes edades deja a los jóvenes sin cualificación fuera del juego. Ese sector de jóvenes que no pueden estudiar por razones económicas en muchos casos se topa con esa saturación del mercado y se da la tragedia: otro ni-ni más. Y uno que no lo es por interés y por tener su vida solucionada.
Se antojan necesarias medidas para ayudar a ese colectivo. Ese colectivo que estaba llamado a ser el futuro de nuestro país pero que ve como las inclemencias del mercado le dejan fuera. A esos trabajadores a los que si se diera una oportunidad, seguro que construirían un gran futuro para esta nación.