viernes, 26 de febrero de 2010

Condenado por dar derechos

Hoy publicaba El País una noticia según la cual parece ser que gracias a la intercesión de los obispos, el rey Don Juan Carlos ha sido exonerado de la parte de culpa que le incumbe en lo referente a la ley del aborto, por lo que podrá seguir comulgando en los oficios católicos, cosa que no podrán hacer así los parlamentarios que han apoyado esta ley. La Iglesia castiga así a aquellos que "van contra la voluntad de Dios" y tratan de boicotear la reforma legislativa. Y este caso a muchos nos hace seguirnos preguntando (como venimos haciendo con tanta frecuencia en los últimos años) si es correcta la actuación de esta gran institución religiosa.
La religión en la sociedad occidental actual se perfila como una guía espiritual y moral, y no política, faceta que se dejó atrás con los gobiernos que necesitaban legitimar un poder autoritario por designio divino. Pero a ciertas instituciones que aún tienen demasiado reciente ese poder político parece no agradarles ese papel "secundario" como parte de las libertades del individuo y tratan de mover a sus fieles hacia la confrontación con las ideas contrarias.
Así no sólo encabezan iniciativas contra medidas políticas que consideran en contra de la voluntad de Dios sino además practican una extorsión sobre aquellos que bajo su punto de vista tienen su conciencia sucia marginándolos de la práctica religiosa. Pero ¿en qué medida pueden los representantes de estas instituciones juzgar a estos señores y condenarlos como a traidores? Estos señores apoyan una moción en nombre del pueblo que les eligió para el cargo que ocupan y en busca de la mejor solución para sus problemas (al menos eso se supone). Y si aprueban estas medidas será porque consideran que es algo necesario y positivo para la sociedad. Pero ello no tiene por qué estar ligado a su fe. Por muy cristiano y practicante que sea un político, siempre debe recordar que en nuestro país la constitución nos marca como religiosamente laicos a nivel estatal (algo que muchos parecen olvidar desgraciadamente), y sus decisiones parlamentarias deben realizarse desde ese punto aséptico de igualdad entre religiones. Más tarde deberá decidir si en su caso personal y exclusivo su fe y moral religiosa le permitan acogerse a esa legislación, pero no debe por sus principios morales privar de derechos a aquellos que no compartan con él esas ideas.
La Iglesia castiga a aquellos que realizan un trabajo a la sociedad, por muy tranquila que puedan tener su conciencia por su ejemplar comportamiento de acuerdo a lo que señalan las sagradas escrituras y la doctrina católica. Porque parece ser que es más importante que el cardenal de turno ejerza el control político para tener en paz el alma que defender los derechos de los ciudadanos.

viernes, 5 de febrero de 2010

Falsas acusaciones

Ayer publicaba El País en su edición digital una entrevista con Ricardo Cazorla Collado. A la mayoría no les sonará quién es. A mí tampoco me sonaba. Y resulta que este hombre ocupó hace dos años y siete meses los espacios que en las noticias buscaban denunciar la acción de "violador de Tafira", sobrenombre que los medios dieron al criminal que violó a tres chicas en el barrio canario de Tafira. Una de las víctimas vio a este hombre por la calle y le reconoció como el delincuente. Las otras dos jóvenes también lo hicieron. Y Ricardo fue a la cárcel.
Pero dos años y medio más tarde, unas pruebas de ADN permiten saber que este ex-drogadicto es inocente y que todo no es más que un gigantesco error. Se le pone en libertad y se le indemniza por el daño hecho... ¿pero es tan fácil? ¿Y es eso lo justo?
Probablemente el proceso se llevó a cabo con una acusación vengativa y una opinión pública que pedía justicia. Un heroinómano con deficiencias psíquicas y físicas frente a tres jóvenes de entre 15 y 27 años. Parecía fácil de qué lado debía decantarse la balanza de la justicia y qué cabeza debía segar su espada. Así que los medios hicieron su negocio.
La imagen del supuesto violador comenzó a dar la vuelta al mundo en esos espacios de los medios dedicados a algo que conmueva al espectador, de interés humano (algo que se ha hecho siempre, no es nuevo que nos guste saber las desgracias que ocurren en el mundo y, sobre todo, a los otros). Fue bautizado con el sobrenombre que ya hemos dicho y de todas las cosas que se dijeron de él no creo que muchas fueran bonitas. La sociedad pagó con él todos sus vicios, porque se suponía que él era un grandísimo vicioso, aunque no era así. En definitiva, se le despedazó y se sacó un rendimiento económico a un pobre diablo que tres chicas decían que les había hecho mal, mientras su relato en cambio no gozaba de credibilidad, ya que él no era una "persona decente".
Y ahora, cuando este hombre está por fin en su casa, feliz con sus padres, El País consigue una entrevista de gran toque humano en la que pide que quiere que le dejen tranquilo.