jueves, 17 de junio de 2010

Suavidad contra el aliado agresor

En las últimas semanas no han faltado en los informativos y en los periódicos noticias e informaciones sobre el bloqueo de la franja de Gaza que Israel efectúa con vehemencia. Un ataque a una flotilla que llevaba ayuda humanitaria. Unas justificaciones que, como suele pasar en estas cosas, sólo convencen de la necesidad del ataque a aquellos que ya lo veían bien antes de ninguna explicación. Imágenes a las cuales se dan diferentes significados según quién se pare a mirarlas. Una presión de organismos internacionales para que el bloqueo cese, o que al menos se haga más liviano. Y unos oídos sordos ante las exigencias internacionales que cada vez nos extrañan menos, aunque ahora parece que empiezan a escuchar algo.

El ataque a la “Flotilla de la Libertad” resonó en nuestros oídos como una barbaridad, no ya por el asedio al que se somete a la población de una zona que probablemente no tenga culpa de ningún conflicto, sino por el ataque indiscriminado hacia los miembros de una embarcación que no suponían ninguna amenaza para el ejército israelí. Se argumenta que los miembros de la flota mostraron una actitud violenta y que portaban barras de hierro y cuchillos, pero se antoja un pobre armamento contra las armas de fuego de los cuerpos de elite israelíes. Y aunque fueran armamento suficiente, ¿no se supone que debe ser la violencia el último recurso de los militares de un país democrático? La principal diferencia entre un militar y un terrorista, además de su entrenamiento, se supone que radica en que el primero busca la seguridad de su nación y su población y el segundo conseguir sus medios de forma violenta. Sin embargo, en estas informaciones no podemos ver eso.

Los cuerpos de seguridad israelíes respondieron a lo que se puede interpretar como un “ataque” contra su autoridad con la misma contundencia que vemos asiduamente. Al igual que cuando bombardeaba a finales de 2008 y principios de 2009 la Franja de Gaza en respuesta a los ataques de Hamás, el gobierno israelí no ha dudado en mostrarse inflexible en su posición respecto al conflicto con Palestina. Y la ONU ha dado un toque de atención a los dirigentes del estado hebreo. Pero le ha costado a Israel aceptar las peticiones del máximo organismo internacional, aunque fueran sólo parte de ellas. A los dirigentes de la nación judía no les gusta que nadie cuestione sus acciones sobre sus oponentes palestinos, y ha sido necesaria la mediación de un viejo y buen conocido de sus aliados norteamericanos, el antaño primer ministro británico Tony Blair, para que se acepte suavizar el bloqueo y permitir la entrada de ciertos alimentos y materiales que permitan la reconstrucción de la zona, que sigue dañada desde los bombardeos anteriormente citados.

Y nos llama la atención que acceda Israel a abrir las puertas de Gaza, aunque sólo sea parcialmente. Porque ya estamos acostumbrados a la rutina. A la rutina de la agresión, seguida por la reprimenda diplomática y acabada en el olvido. Ya no nos horrorizamos al ver que los organismos internacionales se quedan quietos cuando un estado que se supone democrático responde a un ataque terrorista con bombardeos sobre la población civil entre la que se encuentran los terroristas. A estas alturas, la manera en que Israel desoye las llamadas de atención de la ONU, que no lanza amenazas serias contra estos agresores, ya no nos escandaliza.

Y todo nos lleva a un punto. ¿Por qué no nos escandalizamos ya? Porque hemos visto día tras día a estos países hacer cuanto les placía. Porque a Estados Unidos y sus compañeros de negocios internacionales no les conviene dejar de lado a Israel. Porque es el único país democrático en Oriente Medio, suponiendo que se le pueda denominar así. Y porque en esta zona están gran parte de las reservas de petróleo que quedan en el planeta. Y no se puede dejar una zona tan importante a nivel energético para los países occidentales bajo la voz y mando de los dirigentes árabes. Por el petróleo que necesitamos, al igual que invadimos países como Afganistán, tampoco maniatamos a Israel. Y nadie tiene pensado hacerlo en Occidente.