miércoles, 21 de julio de 2010

Intransigencia religiosa

Ayer el Congreso de los Diputados rechazó por 183 votos frente a 162 la propuesta del Partido Popular para prohibir el uso del burka en lugares o acontecimientos públicos. Esta propuesta se enmarca en una tendencia visible en varios puntos de Europa, donde parece ser que se trata de conseguir algo así como frenar el avance del Islam. Países como Francia o Suiza ya han llevado a cabo reformas al respecto, como la prohibición del uso del velo en el primero (de manera similar a cómo propone ahora el PP en España) o la prohibición de construir más minaretes de los ya existentes en el país helvético. Ante la polémica del uso del velo en los países europeos, de fuertes raíces cristianas, se ha abierto así un gran debate.
Efectivamente, la ocultación del cuerpo de la mujer tras un velo o un burka tiene un claro carácter denigratorio a nivel social y está en contra del concepto de mujer y de libertad de la mujer que hemos desarrollado en Occidente. Al esconder su cuerpo, las mujeres musulmanas admiten su estatus de objetos de deseo que deben servir a los hombres en lugar de "desviarlos" del puritanismo protocolario en su sociedad.
Sin embargo, la prohibición ante el uso de estos atuendos tradicionales y religiosos se rebela como un posible atentado contra su libertad religiosa y de expresión. Viviendo en un país cuya constitución aboga por una libertad religiosa y el establecimiento de un estado laico, parece poco coherente que se niegue el derecho de usar una prenda de un alto valor moral y religioso a una persona.
Además, el burka y el velo son formas de llevar a cabo una imposición de su dios que buscan evitar la provocación sexual de los hombres, mientras que la prohibición del uso de dichas prendas tiene un carácter meramente humano. Nos encontramos por tanto en el que una ley estatal contradice a un mandamiento divino.
Siguiendo el punto anterior, nos encontramos con una confrontación creada por la imposición de una norma y de un sistema de valores. Y si se busca la integración del inmigrante y que este pase a ser parte de nuestra sociedad, no parece ser la ordenación reglada de acatar rasgos culturales específicos la mejor forma de conseguir dicho objetivo. El respeto a las culturas ajenas y la permisividad con ellas (dentro de lo que dictan nuestras leyes fundamentales) crea un entendimiento y puede dar como fruto la integración de otros pueblos en el nuestro y un gran enriquecimiento de nuestra cultura y la suya propia.