jueves, 18 de octubre de 2012

Generación dormida


Miles de jóvenes dejan el país (sólo en Andalucía, han sido 2.300 los que han emigrado en los últimos diez meses), sistemas sociales como la educación y la sanidad que se dejan caer, corrupción y desvergüenza a la hora de expoliar los recursos de este país y aumentar las diferencias sociales. Cada vez hay más pobres y los ricos son más ricos(y según he escuchado, también son más, aunque no dejarán de ser un porcentaje menor de la población), como dice Hessel en su libro Indignaos . Y mientras tanto, ¿qué hacemos?
Cuando el año pasado estaba fuera del país y leía todas las reformas sociales que se llevaban a cabo y todos los derechos que peligraban, quería volver. Volver para luchar por mi país y por mis derechos. Volver para pelear nuestra pequeña guerra de independencia contra los invasores poderes financieros y sus cómplices dentro del país (sin necesidad de revolución alguna ni de derrocar sistemas, pero reclamando derechos y un Estado del Bienestar al menos). Pero ahora que llevo un tiempo de nuevo aquí, me topo con la realidad: no hay gente para esa lucha.
Ante la visión romántica de millones de personas indignadas por la pérdida de sus derechos y libertades se impone la realidad de masas pasivas y una minoría activa. Ante el proceso mediante el cual unos pocos esquilman los recursos de este país, los muchos preferimos agachar la cabeza y poner el lomo para encajar los golpes que nos da la vida, antes de al menos levantar la mano y pedir que nos dejen de pegar. Porque no se cobra si no se trabaja (o no se aprueba sin ir a clase, en el caso de los estudiantes como yo), y entonces las huelgas pesan más. Porque efectivamente es más cómodo quedarse en el sillón, tranquilamente, descansando en lugar de levantarse a la hora que haga falta y tirarse horas protestando.
No quiero con esto decir que yo sea todo virtudes y que acompañe todas y cada una de las movilizaciones (ni que esté de acuerdo con todas las que se realizan, aunque sí con la mayoría), pero sí que trato de defender mis derechos y los de los que me rodean. Porque es de mi interés que existan, e incluso aquellos que no me atañen son importantes, ya que sino algún día podría acordarme infelizmente del poema Cuando los nazis vinieron a por los comunistas de Martin Niemöller, aquel que termina con un “Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”. Porque he escuchado ya a compañeros universitarios decir que no van a protestar porque no les sirve de nada y que ya saben que el mundo es egoísta y ellos irán a lo suyo y que ya el resto peleen por lo de cada uno. Pero de lo que no se dan cuenta, es de que hay ciertas cosas por las que si no se lucha todos a una, se puede poder perder la propia capacidad de pelear cada uno por lo suyo, y más pronto de lo que se cree, mucha gente (incluso los propios que dicen luchar por lo suyo) puede ser incapaz de pelear lo suyo, sea esto recibir una educación digna, una asistencia sanitaria, o un trabajo.
De hecho, la semana pasada, al día siguiente de que a regañadientes se aprobó el paro académico para noviembre en la Facultad de Comunicación de Sevilla, aunque para nada sirvió ya que tan sólo 3 ó 4 facultades de las 25 de la Universidad votaron a favor, hablaba yo con un compañero contrario a la idea del paro. Este expuso la misma idea que algunos habían expuesto en la asamblea de facultad: históricamente las manifestaciones no han servido para nada. Ante tal suposición y tras argumentar que, por supuesto, las protestas no son un instrumento de cambio político directo (que ninguno se me ocurre aparte de el de coger armas y asaltar el parlamento de la nación), le pregunté por qué se obtuvieron los derechos sociales que se otorgaron en los años 70 y 80, no sólo en España, sino en gran parte de Europa. Su respuesta fue “por los políticos”. Y entonces yo me pregunto, ¿en qué momento se levanta un político un día y decide aprobar leyes como la del divorcio o el aborto? ¿Desde cuándo son los adalides de la libertad, que luchan por nuestro bien? Si aquellos políticos nos dieron una serie de derechos que ahora estos nos quitan, ¿no deberíamos echar a todos y buscar aquellos con el talante de antaño?
Por supuesto, mi posición respecto a este tema es que las manifestaciones sí sirven. No cambian algo per se, sino que introducen en el ideario popular cierto tipo de reivindicaciones, que luego pueden pasar al entorno político, sobre todo con elecciones de por medio. Los cambios de los 70 y 80 no fueron por los políticos (o al menos no sólo por ellos), fueron por las reivindicaciones de la gente. Amplios sectores de la población hacían unas demandas, y determinados partidos políticos las hicieron suyas. Porque el político, aunque antaño era un hombre instruido y de trayectoria que se metía en política por razones ideológicas, hoy más que nunca es un trabajador de un partido para el cual conseguir un escaño es su forma de vida. Y por tanto las elecciones y las manifestaciones tienen un efecto sobre ellos.
Retomando esa conversación que mantenía la semana pasada, esta vez en el tema de las becas y el recorte en el importe y la subida de las exigencias, mi interlocutor incluso hablaba de que estaría justificado que algunos quedaran injustamente fuera para evitar que muchos se aprovecharan de las becas para su propio uso y disfrute. Incluso mantenía sin atender a razones que las becas deberían pagar la matrícula de todo el mundo y después, si sobra dinero, pagar el alojamiento de los que lo necesiten, lo que dejaría fuera de la universidad a cientos de jóvenes provenientes de familias con pocos recursos que no vivan en la ciudad en la que se encuentre su universidad. Pero lo preocupante no es que una persona diga estas palabras, que justifican el “que paguen justos por pecadores” a nivel administrativo y jurídico, sino que cada vez escucho más opiniones similares a esta. Entre una gran parte de los universitarios, ante la situación que vivimos actualmente de recortes y mediocridad financiera, parece estar creciendo una conciencia de que “hay que ganarse las cosas” en lugar del desencanto ante todos los recursos de los que se nos priva ahora mientras que otros colectivos no sufren estos malos tiempos. En lugar de reclamar que la salida de la crisis no sea en detrimento de los universitarios, que son el futuro de este país, los propios estudiantes justifican las medidas tachando de irresponsables a muchos de estos.
Ante todos estos hechos, reflexioné sobre algo que he escuchado varias veces: que nuestra generación, la de los ahora universitarios, es la más formada de todos los tiempos. Pero también pensé en algo que también he escuchado en otros momentos: somos una generación inculta. ¿Cómo es compatible? Somos la generación más formada, efectivamente, pero en la parcela técnica y tecnológica. Pero entre tanta herramienta y tecnología hemos dejado dos componentes principales en la formación: el libro y el razonamiento. A día de hoy salimos miles de jóvenes al mercado preparados para cualquier labor necesaria en esta sociedad, dóciles, porque lo único que no hacemos es lo que menos le interesa a los que dirigen esta sociedad: pensar. El pensar en un sentido práctico ha sido sustituido por un sentido práctico-técnico, con lo que ya no hacemos el esfuerzo de saber pensar en nuestra realidad, lo que nos rodea y lo que nos incumbe. Pensamos en cómo cambiar la sociedad, pero a nivel tecnológico, no de estructuras sociales. En la estructura social sólo queremos ascender y ser nosotros los que tengamos a los demás por debajo.
Admito ser un tanto utópico en ocasiones, y que siempre tengo algo que criticar, pero como bien aprendí de un profesor del cual difiero mucho en lo ideológico (pero lo cual no es razón para no escuchar), las utopías son una meta inalcanzable que nos sirve para tener un punto hacia el que encaminarnos, un camino en el cual recorrer lo máximo posible y por tanto vivir en una sociedad que aunque no sea perfecta, es la mejor posible.
No quiero que esto parezca un panfleto, ni que la gente crea que quiero impulsar una revolución. Lo que quiero es puntualizar el desánimo que vivo a mi alrededor, y sobre todo la desidia a la hora de combatirlo. Al igual que la incultura que nos hace caer en argumentos vanos.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Cortina de humo

Si recorremos el periódico de hoy y vemos múltiples informaciones sobre la Diada, el 11-S catalán y el posible proceso de segregación de Cataluña de la administración española. Cientos de miles de personas salieron a las calles ayer para reivindicar la soberanía de Cataluña como estado, apoyados por los políticos de los diferentes partidos políticos catalanistas. Sin embargo, la participación de estos últimos parece bastante conveniente para sus intereses, junto con este debate.
En una coyuntura económica desesperada, en que vivimos cada día recortes más duros en todo el país y vemos como políticas cada vez más crudas se llevan a cabo, llevándose por delante derechos laborales e incluso constitucionales por los que tanto ha habido que luchar, de pronto se reaviva en una de las autonomías el debate que parecía haber soterrado la crisis: la independencia. En la agenda del señor Artur Mas, al igual que todos sus compañeros políticos, ha desaparecido todo aquello referente a algo que no sea el movimiento independentista que debe llevar a Cataluña a ser el nuevo estado de la Unión Europea, desapareciendo así toda referencia a las políticas sociales y económicas que están llevando a cabo, como el copago y los recortes en la sanidad catalana que están llevando a muchos enfermos -especialmente a los inmigrantes ilegales- a situaciones precarias que pueden acabar incluso con la muerte de varios de ellos.
Al mismo tiempo, el gobierno central parece ignorar por el momento el debate independentista. Un asunto de suma importancia en la agenda política, por supuesto, y que por tanto no puede ser dejado de lado. Pero, ¿es tan importante como para ocupar un lugar primordial en la agenda política, al nivel de rescates financieros y recortes en políticas sociales? Tal vez sea porque a algunos se nos queda lejos el citado conflicto de intereses, pero parece más inmediata la necesidad de aclarar la persistencia de nuestros derechos y buscar la mejor salida posible de la crisis, para después poder discutir temas de esta índole. Catalanes o andaluces, gallegos o extremeños, vascos o madrileños, todos tenemos algo en común, seamos de dónde seamos necesitamos alimentarnos y estar sanos. Y hay gente a la que se le complican estas dos actividades tan simples mientras discutimos si ser parte o todo.