martes, 26 de febrero de 2013

Ni pan, ni circo

En la Antigua Roma, el poeta Juvenal acuñó una expresión cuyo uso se ha extendido hasta nuestros días: "pan y circo". Según esta fórmula, los gobiernos podían mantener dóciles a sus vasallos proveyéndoles de los bienes más básicos para su supervivencia -el pan- y manteniéndolos entretenidos -con espectáculos de circo, entre otros-. El uso de esta estrategia política, al igual que el de esta expresión, se ha repetido a lo largo de los siglos, aunque su forma pueda haber cambiado, añadiendo algún aderezo al pan o cambiando el circo por otros entretenimientos como son ahora los deportes.
En nuestros tiempos, con el Estado del Bienestar instaurado en nuestro país y el gigantesco negocio del fútbol siempre presente en nuestra realidad, y secundado por el entretenimiento que nos ofrecen las industrias cinematográficas de Hollywood, el pan y circo parecía estar más a la orden del día que nunca, o al menos poder estarlo potencialmente. La despreocupación por la política ha crecido con generaciones nacidas en una democracia que saciaba sus necesidades básicas. Y una vez cubiertas estas necesidades, el aburrimiento se presentaba como el gran mal de este siglo. Suerte que empezamos a adorar a unos hombres en camisetas y calzonas, todas iguales entre los del mismo bando y radicalmente diferentes de las del oponente. Ellos sí que saben mantenernos entretenidos.
Pero en los últimos años, este binomio ha ido peligrando cada vez más. Se agota el pan y, por tanto, el circo peligra. Los recortes del Gobierno, fiel servidor de Doña Angela Merkel, asfixian cada vez a más familias de este país con una tasa de paro siempre creciente -y no más "gracias" a la fuga de cerebros- y una desasistencia social sin parangón. Cada mes aumenta el porcentaje de la población que vive por debajo del umbral de la pobreza, o al menos que potencialmente lo hace, y muchos de los problemas sociales ya forman parte de la agenda de los medios -que suelen ejercer de portavoces del Gobierno, con un periodismo altamente declarativo- y del ideario colectivo de la sociedad. Según la fórmula romana, en tiempos como estos, debería facilitarse el acceso a los suministros, lo que significaría potenciar las ayudas públicas, por ejemplo en formas de subsidios -que al mismo tiempo reactivarían el consumo-, y al mismo tiempo se potenciarían las celebraciones masivas de espectáculos políticamente inocuos -dejando la cultura y el teatro de lado, por supuesto, ya que la cuestión es entretener y no formar-, por lo que se debería potenciar el fútbol de cara a la asistencia de los ciudadanos a los partidos.
Sin embargo, aunque la apuesta del Gobierno por el fútbol nunca ha sido desdeñable desde un punto de vista propagandístico, su apuesta por las medidas relativas al "pan" han sido cuanto menos escasas. Y muchas de las familias, a falta de pan, dejan de ir al circo, ya que si no se puede comer no sirve de mucho ver a unos gladiadores. De esta manera, los equipos pierden abonados cada campaña que pasa en esta crisis por miles de personas que desean acudir, pero que apenas les llega el sueldo para comer.
Ante esta realidad nos encontramos. Un Gobierno que da la espalda a la máxima romana: ni pan, ni circo. Aunque sigue habiendo pan, y ellos acuden a los palcos del circo, cada vez es más difícil acceder a estos bienes para la población -a estos y a cualesquiera dada la alta pérdida de poder adquisitivo generalizada- y las diferencias entre ricos y pobres, como decía Stéphane Hessel en su libro ¡Indignaos!, es cada vez mayor. Julio César controló un imperio que aunaba gran parte de Europa y el norte de África, pero sabía que si sus ciudadanos no tenían para comer, no controlaría ni la ciudad de Roma siquiera. Ha llovido mucho desde entonces y mucho ha cambiado. Pero seguimos necesitando comer. Y si la gente no tiene sus necesidades básicas cubiertas, muy probablemente saldrá a la calle cada vez en mayor número, por mucho fútbol que haya en la televisión.

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